domingo, 19 de noviembre de 2017

Carmena no cumple con El Gallinero

DANIEL MARTÍN
19 nov 2017

Una mujer pasea a un niño entre las chabolas de El Gallinero. OLMO CALVO

A 12 kilómetros del centro de la capital de España se encuentra un paisaje que evoca a los peores lugares del mundo subdesarrollado. El medio centenar de chabolas de El Gallinero, junto a la Cañada Real, alberga a 38 familias rumanas de etnia gitana, unas 200 personas que viven rodeadas de basura, escombros, marginalidad y miseria.

Hace justo un año, la edil de Equidad, Derechos Sociales y Empleo del Ayuntamiento de Madrid, Marta Higueras, les prometió que el poblado sería desmantelado en «no más de nueve meses». Hoy sus habitantes siguen allí y no constatan que se hayan producido grandes mejoras.
«No puedo hablar, se pensarían que soy un chivato», responde airado un hombre de mediana edad mientras a su espalda una niña pequeña corretea completamente desnuda entre vidrios rotos y otros restos de enseres. Varios vecinos esgrimen este mismo argumento para justificar el no acceder a compartir su opinión con la prensa.
Una doctora del servicio municipal Madrid Salud con 10 años de experiencia en este asentamiento ilegal confiesa que en todo ese tiempo no había visto peor ambiente entre las familias. «Aquí hay gente buena, pero hay otra que, en fin, se dedica a otras cosas...», contesta cerca de un contenedor de obra que está ardiendo.
Durante los últimos tiempos se han producido varias redadas en el poblado. En una de las más importantes, hace casi dos años, agentes de la Guardia Civil detuvieron a cuatro decenas de personasacusadas de haber robado una gran cantidad de cobre, material que queman para después venderlo.
Otras familias se dedican a la mendicidad o a la recogida y venta de chatarra. Sea por la presión policial, sea porque no encuentran muchas alternativas aquí, numerosas familias han abandonado El Gallinero rumbo a otros países durante el último año. Una anciana se acerca buscando ayuda para introducir en un teléfono móvil el prefijo de Alemania, donde vive una de sus hijas.
En este poblado levantado a principios del siglo XXI entre el Ensanche de Vallecas y Rivas-Vaciamadrid, muy cerca del vertedero de Valdemingómez, los niños están en «situación de extrema vulnerabilidad», según ONG como Save the Children, que denuncian que las condiciones en que viven «representan una grave violación de sus derechos humanos». De hecho, esta organización utilizó el indicador de pobreza humana del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo para analizar El Gallinero y el resultado lo colocaba al nivel de Burkina Faso o Níger, los países más pobres del mundo.
Aproximadamente el 75% de los habitantes de El Gallinero son menores de 16 años, según los efectivos de los servicios médicos municipales, que aseguran que ahora la mayoría de entre los que tienen seis y 12 años sí que asiste al colegio.
Letrinas instaladas en el campamento ilegal. O. C.
El viernes, sin embargo, el poblado estaba lleno de chavales, algunos en edad preescolar y otros que habían hecho pellas en el instituto. Muchos de los habitantes de El Gallinero son analfabetos funcionales y algunos, sobre todo los pocos ancianos que hay, no hablan el castellano o lo hacen con dificultades.
Florica es madre de tres criaturas. Lleva 15 de sus 25 años en el complejo chabolista y todos sus hijos han nacido allí. Denuncia que el Ayuntamiento, bien con Ahora Madrid, bien antes con el PP, lleva muchos años incumpliendo sus promesas en este poblado que toma su nombre de la antigua granja avícola que estuvo justo en esta zona. Donde antes había gallinas, ahora hay perros, gatos, culebras y ratas.
Para Florica, la principal ayuda que le podría ofrecer la Administración sería darles «ladrillos para poder hacer mejores chabolas» y construir «una zona segura para que jueguen los niños», que ahora lo hacen en una explanada cubierta de cascotes fruto de los derribos. En la entrada del poblado, junto a la vía de servicio de la A-3, por donde pasan continuamente camiones en ruta y 'cundas' que se dirigen a la Cañada Real, hay una precaria cancha de fútbol-sala sin redes en las porterías. Uno de sus hijos ha escrito una carta a la alcaldesa, Manuela Carmena, pidiéndole una zona de recreo.
Parte del terreno donde se asienta este drama humano, dividido de forma virtual en tres parcelas, pertenece a la Comunidad de Madrid y al Ayuntamiento, que poseen entre los dos el 24% de la titularidad del suelo debido a su integración en la Junta de Compensación de Valdecarros, que gestiona uno de los principales desarrollos inmobiliarios de la ciudad. Es por ello que cada cierto tiempo se producen derribos en las infraviviendas donde ya no vive nadie.
«Ayer tiraron una chabola, dijeron que hoy iban a recoger los escombros y mira», dice un chaval señalando la maraña de materiales de todo tipo a la que ha quedado reducida la antigua casa de alguien y que todavía no han sido retirados. Según dice otra vecina, algunas llevan así meses.
El Consistorio de Carmena prometió a los vecinos hace casi dos años que asfaltarían calles para que los niños no tuvieran que ir al colegio llenos de barro cuando lloviera y que instalarían letrinas comunes y, quizás, también duchas. Pero tardó otro año más en firmar un decreto de emergencia para comenzar las actuaciones.
Ahora varias partes del poblado están asfaltadas, aunque son casi residuales en comparación con el conjunto, cuyo paisaje se parece al de un vertedero, con una charca insalubre incluida. El Gobierno de Ahora Madrid sí que instaló 12 letrinas, aunque los pobladores se quejan de que no las vacían y algunas están en estado de grave deterioro.
De las duchas, ni rastro, y la única fuente de agua potable que encontramos no sólo no funciona, sino que tiene el sumidero lleno de basura y a su alrededor hay manchas de lo que parece sangre seca.
Fuentes municipales aseguraron a este diario que están «ultimando el preparativo» para desmantelar El Gallinero y realojar a las familias, pero no precisaron ninguna fecha. El tema se tratará en la Comisión de Equidad, Derechos Sociales y Empleo de la semana que viene.
Fuente: El Mundo

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