domingo, 20 de mayo de 2018

La casta de los descastados

FRANCISCO ROSELL
29 MAY 2028


ULISES CULEBRO

En 1989, el escritor Manuel Arroyo Stephens, fundador de la editorial Turner, publicó un genial libelo de manera anónima bajo el equívoco título Contra los franceses o sobre la nefasta influencia que la cultura francesa ha ejercido en los países que le son vecinos, y especialmente en España y que luego reeditó, ya sin enmascarar su autoría. En verdad, más que un ataque a la cultura gala, el pasquín era un reconocimiento a su habilidad para saber venderse a las mil maravillas. A este propósito, el reconocido editor y hombre de letras ponía el foco en la controvertida personalidad de un tal Ducis, quien se ajustaba como guante en mano a la frecuentada cita de Schopenhauer: "Su vanidad siempre fue mayor que su talento".
Fascinado con Shakespeare, el referido Ducis le erigió un monumento en su casa y, sin apenas dominio del inglés ni de la poesía, se convirtió en el primer divulgador en lengua gala del más universal de los escritores ingleses. Llevó a tal extremo su osadía que no sólo destrozó con gran desparpajo los versos alejandrinos de Shakespeare, sino que incluso retocó el sentido de los mismos para que fueran acordes a los gustos de la Francia de su tiempo. Valiéndose del nombre de Shakespeare, en su condición de gran propagandista de su obra, este falsario perpetraba un gran fraude que hacía irreconocible al autor por excelencia de las letras inglesas.
Al cabo de treinta años del sagaz panfleto de Arroyo Stephens, el tal Ducis parece tener su reencarnación política en Pablo Iglesias, el líder de Podemos, quien se ha revelado tan impostor como el imaginario lumbrera. Como consecuencia de ello, tras su espectacular irrupción en la política española, al canalizar la irritación de los jóvenes de las clases medias que vieron decepcionadas sus expectativas profesionales como consecuencia de la crisis, lo que generó un clima de simpatía electoral a su alrededor a la espera de "tomar al asalto el cielo", ahora ve cómo éste se desploma sobre su cabeza.
Vuélvense contra él, cual bumerán, las armas arrojadizas que él mismo lanzaba como puñales contra sus adversarios. Acredita que lo que en realidad hacía, al denunciar demagógicamente comportamientos y hábitos ajenos, era ladrar al espejo, por más que él no quiera reconocer que su verdadera identidad no es la que proyecta en la pantalla del televisor y que ahora es una luna rota en mil pedazos.
Después de denunciar como una circunstancia inhabilitante para ejercer el cargo de ministro de Economía que Luis de Guindos se mercara un ático por valor de unos 600.000 euros, ahora Iglesias, junto a su pareja, Irene Montero, portavoz de Podemos, en sintonía con la mancomunidad de intereses económicos, familiares y políticos de algunas diarquías populistas del otro lado del Atlántico, se procura un lujoso chalé en las afueras de Madrid de más de 660.000 euros. Desde el momento de su lanzada contra Guindos, Iglesias no sólo convertía un hecho privado -el derecho legítimo a adquirir la "casa de sus sueños"- en un asunto público. Si hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios, Iglesias ha callado tan poco que ha puesto en solfa su trayectoria política.
Nuestro Savonarola, de ser coherente, estaría ya incapacitado para ocupar cualquiera de esas multifunciones que se arrogó aquel día en el que el Rey Don Felipe le dio la venia al secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, para que formara un eventual Gobierno con Podemos, al declinar Rajoy el ofrecimiento real, una vez abandonada su casa de Vallecas. Según su relato para cándidos, un político nacido de las entrañas del pueblo, como si todos los demás vinieran de Marte, no se aislaría de la gente refugiándose en lujosas urbanizaciones de las afueras de Madrid, como hacían los políticos de la "casta". Una terminología, por lo demás, que importó con gran éxito de esa misma Italia que ahora se precipita por el abismo, fiada a un gobierno de coalición conformado por un populismo xenófobo de extrema derecha y otro de extrema izquierda, unidos por su común antieuropeísmo.
Al modo del fanático dominico florentino, nuestro Savonarola estaba dispuesto a organizar una "hoguera de las vanidades" que desencadenara el efecto purificador que suscitara un nuevo orden político hasta que él mismo se ha desenmascarado, al beneficiarse de sus rentas políticas y de las bicocas que aparejan a su desempeño político para agenciarse un casoplón que debe observar con envidia -y no sin burlona ironía- el ex ministro De Guindos desde su privilegiado observatorio del Banco Central Europeo. Claro que, dada la superioridad moral que se atribuye la izquierda populista, el desalmado Guindos actuó movido por la especulación. En contra, un benefactor de la humanidad se adueña de un señor chalé -con unos gastos en mantenimiento que doblarán el coste mensual de la hipoteca- por su amor a la vida bucólica y apego a la madre Naturaleza. ¡Que resucite el poeta Virgilio y loe su magnificencia!
Después de enorgullecerse de las vistas y de la forma de vida del barrio de Vallecas, frente a la casta que se iba a vivir a zonas privilegiadas, como los ex presidentes González o Aznar, se instala en una urbanización pudiente como la que estos alcanzaron en el cenit de su carrera política. Hasta llegar al poder, aquellos moraron en viviendas mucho más modestas, por lo que Iglesias se revela un aventajado alumno de la casta y exhibe impúdicamente que su exclusivo objetivo era reemplazarla.
Jamás se le ocurrió a Felipe González -que también tuvo sus excesos y demagogias tratando de reemplazar a Adolfo Suárez- decir que él no se movería de su piso de la calle Pez Volador, para no traicionar a aquellos que defendía. Pero es que Iglesias ha llegado tan lejos en su estomagante electoralismo como para poner ejemplo de vida -y de imitación- al presidente uruguayo Mujica, quien nunca se movió de su modesta casa, independientemente de los cargos que ha desempeñado. "Es bueno vivir como se piensa, de lo contrario pensarás como vives", juzgó siempre. Este anciano prócer emuló dignamente a aquel paradigmático Cincinato que dejaba el arado cada vez que era requerido por Roma y volvía a él en cuanto se despojaba de los atributos senatoriales. No haría falta llegar tan lejos, sino mostrar más coherencia.
La indignación fue cuna y puede ser tumba de quienes se valieron de ella para hacer un gran negocio político y una palanca para obtener rentas políticas. Como ellos venían bien entrenados de la Universidad, nunca albergaron las dudas de aquel secretario del gobernador de Irlanda acerca de si estaría a la altura de aquella encomienda y encontró la horma de su zapato en el gran Samuel Johnson: "No tenga miedo, señor, que pronto será usted un magnífico bribón".
Habrá que ver si a Iglesias le sirve, en esta ocasión también, mostrarse insolente y descarado, como si fuera la persona agraviada, con el fin de acallar las voces críticas, dado como el líder del autodenominado partido de la gente ha despreciado a la gente. Es verdad que, "al igual que el más vil de los escritores tiene sus lectores, el más grande de los mentirosos tiene sus crédulos".
Únase a ello que una fuerza, que ha hecho semilla del resentimiento y del desquite, siempre hallará disculpa entre los más recalcitrantes militantes. A la sazón, en la Andalucía de Juan Guerra, había quienes excusaban que el pícaro hubiera instalado su particular Patio de Monipodio en la Delegación del Gobierno en Andalucía. En la perversa lógica de aquel populismo peronista, era la ocasión histórica de resarcirse de los robos consumados por la derecha de toda la vida. Como una extensión de aquel modo de pensar, pudiera ocurrir que, en el plebiscito que ayer planteó Iglesias tras el escándalo del chalé, los militantes de Podemos hicieran una adpatación propia de aquel "ladrón o no ladrón, queremos a Perón".
Si los "descamisados" (en terminología de Alfonso Guerra) del PSOE debieron aguardar a alcanzar al poder para disponer de su propia beautiful people, aquella gente guapa a la que se vinculaba directamente con González y que tantos dolores de cabeza produjo a un pequeño burgués como él, Podemos ya dispone de la misma. Además, encabezada por su propio líder. Les ha bastado con sólo acudir de visita al Palacio de la Moncloa. Si para conocer a un hombre, hay que espera a que se le invista de un gran poder, a Iglesias ha sido suficiente con rondarlo.
Para colmo, el chico de la beca de Caja Madrid, donada por su entonces presidente, Miguel Blesa, en presencia de Don Felipe de Borbón, se agencia una mansión en unas condiciones crediticias fuera del alcance de la mayoría y por medio de una entidad -la Caja de Ingenieros- que actúa de caja de resistencia del independentismo catalán con el que Iglesias mantiene una ambigüedad calculada, pero del que nunca se desmarca a la hora de la verdad.
En estas circunstancias, Iglesias ha pasado de la "hoguera de las vanidades" de Savonarola a aquella otra del más celebrado libro de nuestro admirado Tom Wolfe. "Si no cuidas hoy de mí", pone en boca de uno de sus personajes, "mañana no cuidaré yo de ti. Lo cual, a no ser que tengas una gran confianza en tus propias fuerzas, es una situación temible". De esta forma, el padre del Nuevo Periodismo razona la filosofía de lo que él llama el "banco de favores", la maquinaria oculta que está en el trasfondo de las cosas de la vida. Hoy por ti, sin pedir nada a cambio; mañana por mí, pero con la certeza de que responderás como es preciso.
Es el do ut des que imperaba en la relación de los romanos con sus dioses: "Doy para que me des" y que mueve los engranajes que acaba de triturar el discurso de quienes se valieron del dolor de la gente para hacer carrera y renta. No era idealismo, eran negocios, esto es, meros señuelos, para forjar la nueva casta de los descastados.
Cuán necia se revela, a veces, la existencia para personajes llenos de vanidad del tenor del tal Ducis, protagonista del sagaz libelo de Arroyo Stephens, o del singular Iglesias, merecedor de figurar por mérito propio en un esperpento valleinclanesco, dado su indudable arte para hacer creer a la gente falsedades saludables con un buen fin (y buenos réditos).
Fuente: El Mundo

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