miércoles, 24 de enero de 2018

La sociedad de las Colas

Ángel Ortega



Recientemente, ha llamado la atención en medios y redes sociales, el hecho que ante la convocatoria por parte de un futuro hotel, de la posible contratación de un centenar de personas, se formaron colas inmensas de aspirantes a los puestos de trabajo.

Dejando a un lado la forma y el resultado de tal hecho, la pregunta es ¿es un hecho insólito? ¿tiene algún significado? ¿se pueden sacar consecuencias más allá de la necesidad de tener un trabajo?

Desde luego, insólito no lo es. Ya se han visto colas semejantes para futuros centros comerciales, centros logísticos y hasta para posibles trabajos temporales.

Con respecto a lo que significa y sus consecuencias, la respuesta en mucho más compleja. Se debe ¿tal vez a la existencia de una bolsa de desempleo enorme? ¿tal vez a la existencia de unos puestos  de trabajo mayoritariamente precarios y temporales? ¿tal vez a querer cambiar de trabajo, simplemente? Y hay más “tal vez”

Es necesario, en nuestra opinión, fijarse en lo sucedido en los últimos treinta años en el llamado tejido productivo para intentar una explicación de un acontecimiento como el mencionado anteriormente.

Desde la década de los años 80 del siglo pasado, ha tenido lugar un proceso constante de desindustrialización y de cambio en el tipo y forma de los medios de producción. Proceso que ha producido varias consecuencias a tener en cuenta:

De unos empleos estables, y que gracias a las luchas obreras y populares, habían conseguido unas condiciones del llamado pomposamente, estado del bienestar, se ha pasado a una contratación precaria en el salario, temporal en la duración y mala en las condiciones.

De la existencia de concentraciones productivas que exigían mano de obra abundante y ubicada en el mismo lugar, a una economía que no necesita lo anterior, con excepciones muy localizadas; una economía que no produce, sólo almacena lo importado de otros lugares (deslocalización), lo distribuye y lo comercializa.

Con estos elementos, no excluyentes de otros, se ha llegado a una situación ya anunciada desde posiciones marxistas hace muchos años: la evolución de la forma que el sistema económico en el estado español (y en otros europeos con los matices adecuados), ha llevado a una rotura social de la clase trabajadora en multitud de franjas y capas.

A esta división social se le ha provisto, de forma interesada desde la ideología dominante, de unos intereses aparentemente enfrentados (trabajadores maduros y jóvenes, trabajadores fijos y temporales, trabajadores activos y jubilados, trabajadores nativos y emigrantes, etc.)

Este conglomerado de capas y franjas, todas trabajadoras y productoras de la consiguiente plusvalía, también han sido adecuadamente adoctrinadas en los valores positivos para el sistema dominante: individualismo, consumo exacerbado como salida subjetiva a su situación de precariedad e impotencia de mejorar, alejamiento de las organizaciones sindicales y políticas (sin obviar los errores que seguramente han cometido)

Desde la década de los años 80, el sistema capitalista con su redistribución de la producción, tanto a nivel mundial como a nivel europeo y  la incorporación de nuevos actores como Rusia, China e India principalmente, ha ido configurando la situación actual.

Con los periodos conocidos como crisis económicas, desde la del año 1973 (petróleo) del año 1987 (bolsa), del año 1993 (financiera) hasta la última de los años 2008 a 2015, por señalar sus momentos más álgidos, ya iban pre configurando  “su salida” la de la división social, la del trabajo precario y temporal, con el “normal” recorte de los servicios públicos.

Y contradictoriamente, si este escenario ya se vaticinó, esa “profecía marxista” no vino a acompañada de la necesaria implementación política y organizativa de las organizaciones de izquierda trasformadora y/o  revolucionaria, para hacer frente a la política económica y social dominante, con la consiguiente acumulación de fuerzas para dar un salto cualitativo en dicho enfrentamiento de clases.

Y como en toda actividad, cuando se yerra las consecuencias son imprevisibles. Y a ello unimos su gran “debate” interno protagonizado por “familias” y “grupos” mutantes  en conspiraciones y peleas familiares, con resultados de desunión, rencillas político-personales, ansias de poltrona y de estatus social, eso sí, con todas las argumentaciones ortodoxas o heterodoxas que hagan falta, según el momento y el escenario.

Esta es la sociedad de las colas para conseguir un trabajo, con una clase trabajadora que desconfía de las organizaciones políticas y sindicales que debían ser su uña y carne. Una clase permeable a los oportunismos y populismos de todo tipo, desde los que prometen alcanzar el paraíso si nos apartamos del resto, hasta los que lo prometen si les damos la confianza ciega, en plan rey sol y les dejamos hacer.

Y desde luego, no será porque la herramienta tradicional política del capital, no haya dado oportunidades con su práctica corrupta con la inestimable ayuda de los nuevos actores de la “nueva política” en su desorientación y equidistancia crónicas.

Pero aunque suene a frase, la Historia no se detiene, y el resultado de la última batalla de esta contienda no se ha escrito todavía.

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