domingo, 3 de junio de 2018

Vivir sobre una autopista

Miles de madrileños viven literalmente pegados a la Autovía de Extremadura; a la polución se suma la inseguridad y unas graves dificultades de movimiento


Naima Sajit se asoma a la A-5 desde su casa. 

hora, después de décadas de pelea —la autovía va a cumplir 50 años el próximo octubre—, el Ayuntamiento de Madrid se ha comprometido, entre otras medidas a ejecutar entre este y el próximo año, a limitar a 50 kilómetros por hora la velocidad de los vehículos en el tramo urbano de la autovía ——desde el kilómetro 3 al 8,5—, controlando que se cumpla con un radar de tramo, ya que el actual, que mide en un solo punto, no consigue evitar que se superen los 70 kilómetros por hora fijados como máximo en estos momentos. También se instalarán semáforos y un carril-bus.

Aunque algunos consideran las medidas un poco tímidas y temen que los atascos que ya hay empeoren, la Asociación de Vecinos de El Batán cree que van por el buen camino y que mitigarán algunos graves problemas. Sin embargo, queda pendiente la solución definitiva para un “plan integral” que aún no tiene fecha ni contenido cerrado. Porque el suyo “no es solamente un problema de coches”, sino que su “vida está condicionada a pasar por unos túneles subterráneos”, los únicos que les permiten atravesar la carretera para acceder a servicios básicos, explica Fernández, de 34 años, con dos hijos, de tres y cinco. “Tienes que cruzar para todo, para ir colegio de la niña, al médico, al supermercado, hasta para hacer una fotocopia... Yo he llegado a cruzar 10 veces en un solo día”.

Y han de hacerlo por alguno de los 15 pasos que hay entre Batán y Campamento y por los que pasan diariamente unas 50.000 personas, según estudios municipales que dan la medida de un “efecto barrera” que trasciende a los bloques más pegados a la vía. Esos subterráneos suponen muchas veces, además, un gran rodeo que se convierte en un auténtico trastorno para Nuria Díaz, de 52 años. “Tengo un 65% de discapacidad motora, vivo en un cuarto sin ascensor y, encima, para ir a la parada del autobús tengo que hacer el doble de camino que si tuviera un paso de cebra”, protesta agarrada al andador que necesita para desplazarse. A estas alturas de su vida, dice, no le da ningún miedo atravesar los subterráneos a cualquier hora del día o de la noche.

Pero a otros sí. De hecho, aunque Fernández insiste en que el barrio no es peligroso, admite que las calles estrechas, las zonas aisladas y vacías de comercios y esos túneles pueden aumentar la sensación de inseguridad. “Nosotras nos acompañamos unas amigas a otras por la noche a casa”, dice Pilar Ramírez, de 62 años. Ella lleva toda la vida, desde que era una niña, viviendo en la colonia del Montepío y recuerda que cuando llegó unos jardines separaban sus casas casi 10 metros de la carretera, que era entonces de un solo carril; ahora, como en muchas zonas, apenas les separa una estrecha acera y una valla mil veces remendada donde los coches se han ido estrellando a lo largo de los años. Sus dos hijos, de hecho, protagonizaron hace unos años uno de los frecuentes accidentes que se producen cuando los vehículos se incorporan desde el barrio a la autovía porque hay muy poca visibilidad. “Nosotros estábamos aquí antes que la A-5”, insiste, indignada.

En los años cincuenta y sesenta, efectivamente, se levantaron allí varias colonias de viviendas. Y fue en 1968 cuando el régimen franquista inauguró una autovía que se metió hasta las puertas de sus casas, vía expropiaciones, con el objetivo de acabar con “los constantes tapones que ocasionaban retrasos y disgustos entre los automovilistas”, según relató entonces una noticia del NODO. “Entonces se vio como un signo de bonanza, de prosperidad en torno al motor, pero claro, de pasar cuatro coches entonces a 120.000....”, apunta Fernández antes de quejarse de que los vecinos llevan lustros reclamando soluciones y escuchando promesas municipales que no se cumplen. Admite, sin embargo, que en el actual equipo de Gobierno de Ahora Madrid percibe más receptividad y que sus compromisos parece que van saliendo adelante.

La solución “integral”, sin embargo, muy difícilmente llegará antes de las elecciones municipales de 2019, momento en el que podrían cambiar gobiernos y prioridades. Descartada por el Ayuntamiento la idea que se barajó durante años de soterrar ese tramo de la A-5, los vecinos de la asociación esperan que la vía se convierta algún día de verdad en un tramo urbano y deje de ser una autopista, perdiendo carriles, ganando espacio para los peatones y con la llegada de los ansiados pasos de cebra que sustituyan a los túneles subterráneos.

Mientras tanto, por las viviendas más pegadas a la autovía piden en Idealista entre el 63% y el 82% por metro cuadrado de lo que solicitan aquellos con pisos a la venta en las calles de detrás, con menos problemas de ruido y coches. Si los comparamos con los precios de la capital, en estos pisos el metro cuadrado cuesta alrededor de la mitad.

Naima Sajit (52 años), cuidadora de ancianos, cuenta que se compró su casa en el paseo de Extremadura hace casi dos décadas con la promesa del vendedor que iban a arreglar lo de la carretera. Pero nunca ha ocurrido, así que sufre desde su piso "en primera línea de playa” todos los problemas que han ido relatando sus convecinos: ella y su hija sufren asma por una contaminación que, encima, no les deja apenas ventilar la casa y ennegrece sus cortinas “cada tres días”; el ruido constante, que empeora con la lluvia, llega a crispar sus nervios —“Lo peor son los acelerones de las motos”—; y ha sufrido varios robos a plena luz del día: “Me da miedo por mis hijas” [tiene dos, una en el instituto y otra en la universidad]. “Solo pido que nos escuchen, porque vivimos en un infierno. Y porque yo me pregunto: ¿por qué le ponen el nombre de paseo de Extremadura si resulta que es una carretera? No me lo explico”.

Fuente: El País

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